Después de recoger la credencial de peregrino en la iglesia del Cristo, bajo la catedral de Santander, voy a dejar mis cosas en el albergue.
El albergue Santos Mártires está en un primer piso unas calles más allá. Hay una señora con una fregona en el pasillo. Le doy los buenos días y no me contesta. La puerta del albergue está cerrada. En un cartel hay dos números de teléfono.
-Tiene que llamar y en seguida vendrán a abrirle -me dice la señora de la fregona.
-Ah, vale.
-¿Va a llamar ahora? Es que tengo que fregar.
Miró el reloj. Todavía es mediodía.
-¿Va a llamar o no?