lunes 19 de marzo de 2012

Un enigma llamado maratón

-¿Alguna pregunta?
Los treinta y tres hombres se miraron unos a otros. En sus rostros podía descubrirse la mella que habían hecho las palabras del coronel Papadiamantopoulos. El militar no se había andado por las ramas. Había empezado felicitándoles por el honor que para ellos debía representar el estar allí representando a sus países, les había recordado también la responsabilidad que ese honor llevaba emparejada, y había terminado advirtiéndoles del inmenso peligro que corrían. Al día siguiente, 9 de abril de 1896, competirían en la más extraordinaria de las pruebas atléticas que se hubiera disputado jamás: una carrera de cuarenta y dos kilómetros entre Maratón y Atenas.

Lo que tendrían ante sí -les había dicho Papadioamantopoulos, cuyo prestigio había sido determinante para su nombramiento como juez de la competición-, superaba por mucho los límites de lo razonable. Serían más de tres horas de esfuerzo extenuante que llevaría a sus organismos a alcanzar umbrales de dolor jamás conocidos por un deportista. Agotadas las fuerzas, sus cuerpos torturados les suplicarían una y otra vez que se rindieran. Que dejaran de someterles a aquel sacrificio inútil. Algunos lo harían y nadie podría reprochárselo. Otros, en cambio, se negarían a claudicar y continuarían adelante convirtiendo cada nuevo paso en una cuestión de orgullo. Pero el precio a pagar por esa osadía -Papadiamantopoulos quería que lo supieran ahora que todavía estaban a tiempo de echarse atrás- podía ser muy elevado. No estaba hablando solo de terribles secuelas que les acompañarían quizás de por vida. Estaba hablando de la muerte.

Por contra, al ganador le esperaba la gloria. Habría vencido en la prueba más dura de los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna y su nombre sería recordado eternamente. Pero al margen de quien fuera aquel a quien el rey Jorge I coronase con la rama de laurel al día siguiente, todo el que cruzara la línea de meta podría con toda justicia considerarse un vencedor. No en vano -al llegar aquí el coronel se puso especialmente campanudo-, habría derrotado al mayor de sus enemigos: a sí mismo.
-¿Alguna pregunta? –insistió el militar.

Pero el silencio continuó. Nadie dijo nada. ¿Para qué? Doce de aquellos atletas habían tomado ya una decisión. Al día siguiente no iban a tomar la salida ni llevados a punta de pistola. La determinación de los veintitrés que sí lo harían tampoco iba a cambiar. Estaban allí para correr y correrían. De hecho, algunos de ellos ya sabían lo que era una carrera de maratón. Porque a pesar de lo que muchos creerían en el futuro, aquella no iba a ser la primera carrera de maratón que se habría disputado en la historia. El mes anterior, casi a escondidas, se habían celebrado ya dos carreras entre Maratón y Atenas con el fin de seleccionar a los atletas griegos que participarían en la gran cita de los Juegos. Los vencedores de ambas, Charilaos Vasilakos y Ioannis Laurentis estaban allí ahora y lo que dijera el coronel les traía sin cuidado. Al día siguiente saldrían a ganar. Menos seguro de sí mismo estaba el hombre que se sentaba entre ambos, un pastor de la vecina Maroussi acostumbrado a largas caminatas que respondía al nombre de Spiridon Louis, y que a pesar de haber quedado en un decepcionante quinto puesto en la segunda de aquellas carreras preliminares, había decidido intentarlo una vez más antes de volverse para siempre con sus cabras. El húngaro Gyula Kellner, por su parte, era otro de los que habían escuchado con clara indiferencia a Papadiamantopoulos: venía de haber sobrevivido a una terrible prueba clasificatoria sobre cuarenta kilómetros en Budapest y se sabía con derecho a soñar con la victoria.

Entre los novatos que, aunque escucharon con sobrecogimiento la afectada palabrería del coronel, no tenían intención alguna de rendirse antes de tiempo estaba el australiano Edwin Flack, que acababa de vencer en las pruebas de 800 y 1500 en los Juegos, y al que una vez hecho lo difícil, que era viajar a Grecia, lo mismo parecían darle ocho que ochenta. Junto a él se hallaba el americano Arthur Blake, segundo tras Flack en los 1.500, que veía en aquella carrera sobre una distancia veinticinco veces superior la oportunidad de desquitarse de una derrota que le mortificaba. Y allí al fondo podía verse también el curioso francés Albin Lermusieaux, especialista de carreras a campo traviesa en su país, y que después de haber competido asimismo en los 800 y 1500 metros, además de en el tiro con rifle, esta nueva prueba representa a su última oportunidad para no volver de vacío a casa.
Todo ellos saldrían a correr, sí. Como a lo largo de la historia lo harían también miles, decenas de miles, centenares de miles y millones de personas, todas ellas con idéntico objetivo: cruzar la línea de meta y convertirse en corredores de maratón.

Con todo, hoy, más de un siglo después, se echa en falta que alguno de aquellos treinta y tantos pioneros, Kellner, Vassilakos, el propio Louis o Flack, solicitara de Papadiamantopoulos una respuesta a la gran pregunta que tarde o temprano acabarían haciéndose muchos de los que en el futuro siguieron sus pasos:
-Mi coronel, ¿y a la carrera cómo tenemos que llamarla: el maratón o la maratón?
Publicado en la revista oficial de la XX Media maratón de Palma

jueves 15 de marzo de 2012

Ocho denarios

Es lo que tienen las crisis, que al final siempre acabamos recibiendo los mismos. Lo leí el otro día no sé dónde. Resulta que ya en su momento el emperador Diocleciano tuvo que poner en marcha una serie de medidas de ajuste para reactivar la economía que casi le cuestan una huelga general en todo el Imperio romano. Con la inflación por las nubes por causa de las guerras civiles, la peste, los bárbaros que siempre estaban dando por saco y los césares que se pulían los impuestos en fieras y gladiadores, su primera medida fue establecer por decreto los precios máximos de todas las actividades comerciales, desde la milicia a la peluquería. Y ya digo, a los escribas Diocleciano nos crujió de mala manera. Según el "Edicto de precios máximos", un escriba de opinión del siglo III no podía cobrar más de veinticuatro denarios por cada cien líneas, lo que vendrían a ser ocho denarios por un folio de los de hoy, que es más o menos lo que ocupa este artículo. Para que se hagan una idea de lo que habría sido mi vida en tiempo de los romanos, con un artículo como este habría podido empezar la mañana yendo al barbero a cortarme el pelo (dos denarios), pasarme luego por el bar a tomar una jarra de medio litro de cerveza egipcia (dos denarios; la gala valía el doble y quedaría fuera de mi alcance), y terminar entrando en una tienda de ultramarinos para comprar 350 gramos de lentejas (cuatro denarios, lo mismo que las judías). La tarde me la tendría que pasar metido en casa escribiendo uno tras otro los nueve artículos necesarios para pagarle el salario de un día al tipo que había venido a pintarme las paredes del dormitorio.

martes 13 de marzo de 2012

De viaje en la librería

Aprovecho el paseo de hoy para acercarme a la librería Bonaire a encargar un libro. Desde que en las librerías hay ordenadores que te lo encuentran todo acostumbro a presentarme con el título a medias, con el nombre del autor entre interrogantes y con el de la editorial a menudo equivocado. Da igual. María le da al teclado y sale enseguida. Pero no sé qué pasa hoy que este no aparece. Probamos con distintas variaciones del título, pero nada, que no hay manera. Y estoy seguro de haberlo visto en no sé qué página de internet. "Pues ponte tú y búscalo", me dice María, y me cede su silla detrás del mostrador.

Nunca he tenido la suerte de que en uno de mis viajes en avión viniera alguien de la tripulación a invitarme a visitar la cabina y estar un rato con los pilotos. Falta de contactos, supongo. Ya no me importa. En estos momentos, sentado tras el mostrador de la librería es como si yo mismo estuviera pilotando un 747. Desde aquí puedo viajar por los grandes hitos de la literatura universal de todos los tiempos llevando conmigo a quien quiera. Por eso, mientras tecleo a duras penas en el ordenador -mal día para dejarme las gafas de leer en casa-, no puedo dejar de mirar la puerta. Sigo sin encontrar el libro que he venido a encargar, pero como entre alguien igual lo atiendo. Le recomiendo algunas lecturas, le desaconsejo otras y si me animo hasta se lo envuelvo para regalo (aunque, ahora caigo, como se le ocurra pagar con tarjeta no sé cómo putas funciona el datáfono).

Al final lo conseguimos. El título estaba en efecto a medias y la editorial era otra. Estará en unos días, me dice María después de que, no sin pesar, le devuelva su puesto.
Un paseo por Ciutat, en Última Hora