A las tres de la tarde, en Potes hace calor como para ir en camiseta; en Santo Toribio de Liébana, un frío que pela. En la oficina de atención al peregrino pone que no abren hasta las cuatro. Ya me he tomado un chocolate caliente de máquina mientras espero y estoy pensando en tomarme otro.
A las cuatro menos diez pasa un cura que viene de abrir la capilla donde se guarda la reliquia de la cruz. Me ve esperando.
-La oficina no abre hoy, lo siento, pero yo mismo le puedo sellar la credencial.
Es mi séptimo y último sello.
-¿Algo más? Ah, sí, la lebaniega. Pero le tengo que cobrar un euro.
Me la entrega después de ir a buscarla.
-Puede poner usted mismo su nombre. Es que yo tengo una letra...